FELIZ NAVIDAD.
Según la tradición cristiana, Navidad, es el punto de encuentro entre la libertad de Dios y la libertad humana. Planteada en este modo, la Navidad está lejos de ser un “producto” más a disposición del capitalismo salvaje, que la ha convertido en tiempo para el consumismo. Ahora bien, la tesis de la Navidad como encuentro de libertades consiste, en primer lugar en que el Dios de Jesús no es sólo un “motor inmóvil” (un ipsum esse subsistens: “el mismo ser subsistiendo”), como argumenta la tradicional filosofía aristotélico-tomista, sino que estamos hablando de un Dios que entra en las categorías histórico-mundanas, por consiguiente, experimenta variaciones en lo que tiene de “divino”. En segundo lugar, amar, es entrar en dialéctica entre la vida y la muerte, entre alegría y sufrimiento... No existe nacimiento sin dolor y sin sangre, lo saben las madres que han dado a luz. El evangelista Mateo sostiene que existe también una dialéctica política entre el niño Jesús y el poder de este mundo, y refiere cómo Herodes «envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo», porque, dice el mismo evangelista, que Herodes y toda Jerusalén se «sobresaltaron» por la noticia de la existiera de “otro rey”, que no fuera él y que no favoreciera los itereses de la religión oficial (cfr. Mateo 2,13-18).
El cristianismo, que nace con el nacimiento del niño-Dios, es un cristianismo agónico, polémico y en función de lucha (Miguel de Unamuno) y nostálgico, es decir, no se resigna a pensar que el asesino triunfe siempre sobre las víctimas inocentes (Max Horkheimer). Por consiguiente, la relación de Dios con el mundo incluye un sufrimiento de Dios desde el momento de la Creación, y ciertamente desde el de la creación de los seres humanos (Hans Jonas), naturalmente, sólo un Dios que es capaz de sufrir puede ser creíble y amable. El de Dios de los potentes, que vive en un “fortaleza” inexpugnable, que no se ensucia nunca las manos con el pueblo que sufre, no es el Dios que nació en un pesebre y que fue fugitivo en Egipto, como los miles de inmigrantes de nuestros países.
Ante la propuesta del ángel, María responde: "¿cómo voy a quedar en cinta si no he tenido relaciones?". El problema no era pequeño, pues el libro del Levítico 20,10 dice claramente: "Si un hombre comete adulterio con una mujer casada, si comete adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera morirán irremisiblemente". No será la última vez que una madre desafíe las reglas establecidas por nuestras religiones, hechas a la medida de los hombres, para confirmar aspectos esenciales de la existencia. Pero, recuerda el evangelista Lucas (11,27-28) que «aconteció que una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: --¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!», a lo cual respondió Jesús: «Más bien, bienaventurados son los que oyen la palabra de Dios y la guardan». En otras palabras, aquí se cumple lo que decía X. Zubiri y difundía su discípulo I. Ellacuría, no es suficiente con “estar entre las cosas de la realidad, hay que estar también en la realidad de las cosas”.
Hay gente, y esperamos que sean muchas, las que no se conforman a vivir la Navidad de cualquier modo, que la entienden como una memoria que subvierte el orden impuesto por los violentos, que le apuestan a una dialéctica con las estructuras corruptas. Una Navidad que no ignora el llanto de los niños que siguen siendo asesinados, ofrecidos en sacrificio a los ídolos del Dios-mercado, cuya omnipotencia no nos cansaremos de desmitificar, de desmentir, así tengamos que ser acusados de ser agónicos, nostálgicos, en suma, vulnerables. Ser humanos supone una responsabilidad histórica.
Les deseo a todos FELIZ NAVIDAD, y, en lo que cabe, UN PRÓSPERO AÑO NUEVO.