Qué aburrido sería el mundo si sólo existieran serios, cuerdos y sabios. Qué pena ser prisionero de líneas perfectas, palabras pulcras, tonos exactos, disciplina marcial y la prohibición de equivocarse.
En el paraíso perfecto, los viejos capataces deliran por los uniformes almidonados, son alquimistas que desesperados buscan fórmulas para lograr que todos caminen al unísono, se harten la misma basura y piensen lo mismo.
Esos viejos, que se creen dueños de la verdad y pronuncian palabras infalibles, son los verdugos que condenan a la hoguera a los inconformes que rompen los moldes rancios y se aventuran a cincelar caminos vírgenes. Esos viejos no dudan en declarar locos y posesos a los que saben que la tierra no es redonda y refutan las leyes del mercado.
Loco, en el diccionario de los sabios del feudo, es igual que ignorante, es el que desconoce las pretéritas normas del santuario, se rebela contra los oráculos de los amos, asegura que está enamorado de una princesa y siembra girasoles en el desierto.
Los venerables custodios de las tradiciones y cánones sagrados persiguen a muerte a los locos, son peligrosos… a los cuerdos los pueden contagiar de sueños e ilusiones, son capaces de hacer reír a los serios y tienen el virus de la libertad, no se dejan domesticar y pregonan que la luna no tiene dueño, no creen en la matemática mercantilista y pasean desnudos sin máscaras ni disfraces. La locura es un mal incurable.
Los locos no se preocupan ni del maquillaje ni del protocolo que exigen las solemnes ceremonias, simplemente gozan la fiesta. No preparan retóricas disertaciones de salutación servil para los zares del mundo perfecto, sencillamente expresan sus sentimientos. Rechazan los uniformes porque sus alas son originales y no deslucidas copias de moldes huecos. Los locos se enamoran, combaten sin tregua, vuelan sin brida y terminan desterrados… ¡Benditos locos!
Lic. Alejandro Cubías
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